lunes, 22 de agosto de 2016

Epístola





  
Estimada amiga Magdalena, compañera y por qué no confesarlo, amada:
 Muchos son los motivos de esta misiva. Algunos personales, otros políticos, pero el más acuciante es la alarma que me produce la actividad de mis enemigos. Como espero que esta no sea vista por otros ojos que los tuyos, me permito divagar y recordarte con el mayor de los cariños…
Calor, sol y brillo que encandila, pero no sudor… Llevo horas siguiendo la senda de tierra y el viento recalentado lo evapora apenas sale de mis poros. Parezco un espectro de polvo gris, un fantoche de arena en movimiento totalmente deshidratado. Desesperado, busco alguna sombra o refugio. Estoy tan cansado que me sentaré y dejaré que Dios decida mi destino. Sin embargo, un espejismo multicolor, vibra en la loma y se acerca.
Cómo olvidar tu risa, mi nombre en tu voz y tu alegría al hallarme. A fuego se grabaron en mi cerebro los colores de tu vestido, el flamear del paño que limpió mi cara y el agua que corrió por mi insaciable garganta. Casi inconsciente, te llamé como a mi madre, y desde entonces mi amor por ti creció tutelado por la determinación.
Algunos camaradas del grupo desconfiaron, pero al oír tus argumentos y escuchar la vehemencia con que los defendías, te aceptaron. Los simples, sencillamente, se enamoraron y los inteligentes advirtieron el potencial de tu liderazgo entre las mujeres. Formarías una muralla humana que me defendería.
Comencé la revolución al recorrer los pueblos y ciudades del oeste, a orillas del mar dulce. Di consejos sensatos, respeté a los mayores e introduje la duda sobre la influencia extranjera. Miné la confianza en la burguesía y las instituciones religiosas mostrando los beneficios de una sociedad más igualitaria, del perdón de un Dios más benigno y de una vocación de unión en lugar de la mercantil competencia.
Bregabas a mi lado, despertabas el hambre de libertad femenina y, aun con pocos conocimientos de medicina, curaste a más de un enfermo. Las decenas se hicieron cientos de personas. Los aportes y las donaciones fluyeron como agua y, para mi disgusto, hubo que preparar la logística. Cada acto, cada discurso y cada presentación requerían encontrar el lugar, las vituallas y los recursos. Solo tú y Juan eran capaces de organizar ese caos, los demás daban información general o acomodaban a los concurrentes.
Creo que pequé de orgullo, creí que tenía una misión manifiesta y no supe leer el odio, el miedo y la envidia que generé. A medida que me acercaba a la Capital, la maquinaria política se puso en marcha. Ya fuera por la fuerza, la justicia o la propaganda mentirosa, me detendrían.
Miles me proclamaron, pero no bastarían, no eran suficientes. En el cuartel y embajada extranjera se reunieron los burgueses, los políticos y la curia. No desaprovecharían la oportunidad y munidos de palos y violencia no lo hicieron. Han puesto precio a la delación y he sido condenado de antemano a una parodia de juicio y a un castigo ejemplar con el cual tratarán de que se olvide mi mensaje.
Jesús dice <<Lleno de agónica tristeza noto el frío entre los olivos de Getsemaní y mientras veo acercarse las antorchas, con Judas a la cabeza, palpó aún tu último beso sobre mis labios. >> [98]
Del evangelio apócrifo de sentencias [117] de Tomás.


Carlos Caro
Paraná, 19 de agosto de 2016
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